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Academia Ciencia Sociedad

Neurobanco de la UdeA, una colección de cerebros vivos

21/09/2022
Por: Johansson Cruz Lopera - Periodista

El Grupo de Neurociencias de Antioquia llega a los treinta años de fundación y uno de sus bienes más importantes, el Neurobanco, cuenta con 460 cerebros y miles de muestras de tejidos, ADN, sangre, plasmas, entre otros. Esta es la historia del curioso nacimiento de uno de los bancos de cerebros más importantes de Latinoamérica y su estrategia para concientizar sobre la importancia de donar este órgano a la ciencia.  

Una de las características del Neurobanco del GNA es que los cerebros allí conservados hacen parte de los pacientes que atiende el Grupo de Neurociencias desde antes de descubrir la enfermedad neurodegenerativa. Foto: Dirección de Comunicaciones UdeA / Alejandra Uribe F. 

«Hola, acabó de morir la señora Mercedes*. ¿Van a venir por su cerebro?». Estas palabras fueron las que escuchó la auxiliar de enfermería, Lucía Madrigal, el 13 de abril de 1995, sobre la 1:30 p. m., cuando contestó el teléfono ubicado en la sección de Neurología Clínica del Hospital San Vicente de Paúl, donde hacía su turno. Al otro lado de la línea estaba el médico de guardia del Hospital San Rafael, en Angostura, Antioquia.  

«El patólogo Juan Carlos Arango Viana y yo nos fuimos para el consultorio particular del doctor Francisco Lopera Restrepo, ubicado en ese entonces en el barrio Carlos E. Restrepo, para mirar qué íbamos a hacer. Salimos de Medellín como a las 10:00 p. m., convencidos de la importancia de traer ese cerebro», recordó Madrigal, sin un asomo de duda en sus ojos.  

A Mercedes y su familia el doctor Lopera, con la ayuda de Lucía Madrigal, la venía atendiendo desde finales de la década de los ochenta cuando, siendo él residente de Neurología de la Facultad de Medicina de la Universidad de Antioquia, se encontró con unos casos particulares que le llamaron la atención. Del norte del departamento de Antioquia llegaban al San Vicente pacientes con las mismas características: pérdida de memoria, jóvenes y con antecedentes familiares.  

«Nos dimos cuenta, al realizar las genealogías, de que había un gen que producía esa enfermedad, demencia tipo alzhéimer, en esa región del departamento», expresó Francisco Lopera, neurólogo y coordinador del Grupo de Neurociencias de Antioquia —GNA—, adscrito a la Facultad. Con más de un centenar de casos provenientes de Yarumal, Belmira, Angostura, Santa Rosa de Osos, entre otros municipios del norte del departamento, no quedaba más que comprobar dos cosas: que existía un gen y que este era el causante de la enfermedad de Alzheimer, un tipo de demencia que afecta a 50 millones de personas en el mundo y que, según la ONU, podría llegar a 150 millones en 2050 —como un llamado de atención a esta problemática, se conmemora cada 21 de septiembre el Día Mundial del Alzhéimer—.  

Entre Angostura y Medellín hay 130 kilómetros de distancia, es decir, aproximadamente tres horas de viaje por carretera. Ese fue el tiempo disponible para que el neurólogo, el patólogo y la enfermera planearan qué le iban a decir al esposo de la difunta para convencerlo de donar el cerebro. Durante el día habían intentado persuadirlo, pero fue una misión fallida. El alcalde, el cura y otras personas influyentes en el pueblo también intentaron ayudar, pero a todos les dijo que no.  

«Decidimos viajar ese mismo día al pueblo. Le enviamos un mensaje para que nos atendiera en el hospital y explicarle la importancia de esa donación. De nuevo, un no como respuesta —recordó Lopera Restrepo—. Dijo que si queríamos hablar con él teníamos que ir a su casa».  

Primer cerebro donado al Neurobanco del GNA. Foto: cortesía GNA.

El problema de aquella exigencia era que en esa casa se estaba llevando a cabo el velorio de la donante. «Entre tinto y rezo íbamos hablando con él y le explicábamos la importancia de poder estudiar el cerebro de la esposa. Era vital no dejar perder ese cerebro porque era un tesoro toda la información científica que había en él», anotó Lucía Madrigal, hoy doctora en Investigación en Psicología Clínica de la Salud Familiar y facilitadora del Plan Social del GNA. 

La presencia de Francisco, Lucía y Juan Carlos comenzó a tener efecto. El esposo accedió con la condición de que sus doce hijos estuvieran de acuerdo. De nuevo, durante toda esa noche de velorio, el neurólogo, el patólogo y la enfermera, entre tinto y rezo, convencieron a once de ellos, pues faltaba uno que venía en camino desde el Valle del Cauca.  

«Lo que hicimos fue decirles a los hermanos que hablaran con él y que lo convencieran. Les dimos un tiempo. Les dijimos que hasta las doce del día íbamos a estar en el hospital del pueblo esperando. Que si no llegaban con el cadáver de la mamá pues entendíamos que no lo iban a donar», afirmó el coordinador del GNA.  

Y así fue, sobre el mediodía del 14 de abril de 1995 el cuerpo de la primera donante de cerebro del GNA ingresó a la morgue del hospital. «Yo le ayudaba al patólogo a sostener el cadáver mientras él abría el cráneo y el doctor Lopera, sentado en las escalas del cuarto, iba escribiendo lo que le decíamos. Lo que realmente me impresionó era el murmullo que había detrás de la puerta de la morgue. Desde adentro uno oía lo que estaba conversando la gente. Mientras Arango Viana sacaba el cerebro y Lopera documentaba el proceso, solo pensaba en que nos dejaran salir, en que no nos hicieran nada una vez se abriera esa puerta», así lo recuerda Madrigal.  

El punto de partida del Neurobanco
 

Un año después de obtener ese primer cerebro, el GNA, que el 7 de octubre de 2022 cumple treinta años de fundación, necesitaba más donaciones para darle continuidad a la investigación que habían emprendido con los casos de demencia tipo alzhéimer y que llevaban más de diez años estudiando en el norte de Antioquia. Hasta ese momento, habían realizado diversas genealogías con diferentes familias, pero era necesario fortalecer el camino que ya se había marcado con la donación de cerebros.  

Para ExpoUniversidad (1996), que se realizó en el Palacio de Exposiciones de Medellín —hoy Plaza Mayor— se inauguró, con apenas un cerebro, el Neurobanco del Grupo de Neurociencias de Antioquia, por lo menos eso decía el gigante letrero que custodiaba el estand del GNA. «No teníamos banco ni cerebros, salvo uno, pero esa fue la estrategia para incentivar a la gente a que donara sus cerebros una vez murieran», dijo el doctor Lopera. 

La intención de aquella estrategia era que la gente entendiera que estaban enterrando un tesoro, como es el cerebro, que le podía ser más útil a la ciencia. «El objetivo era crear una campaña para anunciar que nosotros recibíamos cerebros de fallecidos con alzhéimer. Queríamos decirles a todos que existía un Neurobanco para estudiar las enfermedades neurodegenerativas», afirmó el investigador.  

Este banco almacena y estudia cerebros, tejidos, sangre, plasma y ADN utilizados en las investigaciones de enfermedades neurodegenerativas como alzhéimer —pérdida de la memoria—, cadasil —migraña, infartos cerebrales—, huntington —movimientos involuntarios—, párkinson —temblor, rigidez—, wilson —cambios del comportamiento—, ataxias, entre otras.  

Está ubicado en la Sede de Investigación Universitaria de la UdeA. Este biobanco es el que se encarga de obtener las muestras humanas para investigación —sueros, plasmas, ADN, biopsias y cerebros—. Una parte de las muestras se conservan en congeladores ultrabajos a -86 °C.  

Este biobanco, que ya cuenta con 460 cerebros donados y miles de otras muestras, como tejidos y ADN, es el activo más importante que tiene el grupo. Desde hace treinta y ocho años han hecho un importante seguimiento a poblaciones específicas en Antioquia que han desarrollado enfermedades neurodegenerativas hereditarias: desde que están sanos, cuando enferman y hasta que mueren. «Esos cerebros tienen los secretos de todo lo que pasó y nosotros tenemos esa historia clínica; por eso el cerebro es el activo más importante de todas las investigaciones que hará el grupo en los próximos años», dijo Francisco Lopera.  

Todas las muestras que recolectan en el Neurobanco se guardan en neveras a temperaturas de -80 °C. Foto: Dirección de Comunicaciones / Alejandra Uribe F. 

Era alzhéimer 
 

Un par de meses después de esa aventura en Angostura, el patólogo Juan Carlos Arango Viana se llevó ese primer cerebro a Boston, Estados Unidos, para examinar y comprobar que efectivamente la señora tenía alzhéimer, una noticia que transformó la historia del Grupo.  

En ciencia los hallazgos son granitos de arena que aportan a un mar de conocimiento. Todos los días, los científicos del mundo, desde sus laboratorios, con cada experimento que montan, contribuyen al estudio que se hace de las enfermedades neurodegenerativas. «No hacen hallazgos enormes, pero sí encuentran datos que se van sumando y que forman una montaña de conocimiento que es la que permite encontrar un tratamiento», expresó el neuropatólogo Andrés Villegas, coordinador del Neurobanco.  

Lo que quizás no imaginaron el doctor Lopera, Lucía y Juan Carlos al extraer ese primer cerebro en Angostura era que, treinta años después, gracias al Neurobanco y muchos investigadores que colectaron muestras de personas que tenían alzhéimer familiar e hicieron los estudios genéticos, se logró hacer el diagnóstico de la mutación E280A, el gen de la presenilina 1 —conocida como la mutación paisa—.  

Como bien lo dice Lucía Madrigal, la importancia del Neurobanco y de las donaciones que se han realizado está en que «algún día alguien vendrá con un frasquito y les dirá a esas familias: acá está la cura para su enfermedad».  

* Nombre cambiado por solicitud de la familia. 

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