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Sociedad Cultura

En los museos, otras maneras de ver el mundo

18/05/2022
Por: Ronal Castañeda Tabares - Periodista

Carl Henrik Langebaek y Roberto Lleras Pérez hablaron sobre el papel de los museos y hacia dónde debe ir la comunicación con sus públicos. Los dos reconocidos arqueólogos ofrecieron sus reflexiones a propósito de la reciente apertura de «Los rostros de Antioquia», sala expositiva que hace parte de la Colección de Antropología del Museo Universitario y que acoge bienes arqueológicos hallados en tiempos recientes en el Urabá antioqueño.
 

Nueva sección de la sala permanente de la Colección de Antropología del Muua, inaugurada el 26 de febrero de 2022. Fotos: Alejandra Uribe Fernández - Dirección de Comunicaciones

Entre los problemas que tienen las colecciones arqueológicas en la actualidad, uno de ellos es cómo guardar los nuevos hallazgos de las excavaciones. Tan solo un ejemplo: como parte de la instalación de 297 torres de energía de Isa Intercolombia entre 2017 y 2019, entre San Pedro de Urabá y Turbo, en Antioquia, se realizaron 36 rescates de restos de civilizaciones del territorio de los cuales 8 fueron restos óseos humanos. En total, se recuperaron más de 330 000 fragmentos cerámicos, se identificaron aproximadamente 6 000 elementos líticos, 321 vasijas y 59 tumbas con 87 individuos. ¿A dónde van a parar todos esos vestigios? 

Ese cuestionamiento inspiró una discusión que se dio hace dos meses en el Museo Universitario de la Universidad de Antioquia —Muua—, con motivo de la apertura de la exposición Los rostros de Antioquia, que hace parte de la nueva sala de larga duración, concebida con parte de este material hallado por la generadora eléctrica.

El hallazgo de Isa es uno de tantos que pueden ocurrir en un año, no solo en esa sino en los centenares de exploraciones de todo tipo que se hacen en el país; la realidad es que cada vez se van a encontrar más restos del pasado. El problema está en que no hay dónde guardarlos.

«El Icanh —Instituto Colombiano de Antropología e Historia—, que tiene sus depósitos en el Museo Nacional y en otros inmuebles, comenzó a recibir todos esos objetos, los llenó de piezas hasta donde pudo, pero llegó un momento en que se saturó. Luego no recibieron más. Pero como el material arqueológico no se puede votar a la basura, entraron en escena los museos arqueológicos —entre ellos el Muua es muy importante—. Sin embargo, como todos los vasos comunicantes, se llena el primero y luego desborda hacia abajo. Esa es la situación ahora, los museos están llenos», según lo advirtió el arqueólogo e historiador Roberto Lleras Pérez.

El experto estuvo al frente del rediseño de la sala del Muua y la elaboración de su guion museográfico —la forma como se exhiben los objetos—, una tarea que por diferentes motivos demoró cerca de 20 años. Comentó que, sobre todo en los museos que resguardan colecciones arqueológicas,  ese debate sobre qué se conserva y qué no, hay que darlo hoy.

«Las cosas materiales son finalmente cosas, tienen una vida. No puedes prolongar la vida de ellas porque se terminará apabullado por la gran cantidad de cosas: Si en una familia conservan todos los muebles y los vestidos de los padres, de los abuelos, de los hijos… nadie tendrá al fin cómo conservar eso».

Un segundo tema que deben resolver los museos hoy tiene que ver con el significado simbólico del tiempo. En la sala del Muua se cuenta el origen del poblamiento del territorio y cómo antes de la Conquista se llegaron a diferentes formas de poblamiento y de explotación del medio ambiente, pero desde el otro lado también se muestra cómo se reconfigura el territorio con lo que sucede posteriormente y en la actualidad.

«No hay una noción del tiempo interrumpida. Pasado y presente está en diálogo. Es muy valioso desde la institucionalidad porque se reconocen los grupos indígenas y afros actuales como unos grandes contribuyentes de la cultura», explicó Lleras Pérez.

Esa forma como los museos observan al pasado a través de las exposiciones ha ido cambiando con el tiempo, puesto que estas instituciones han dejado de ser la exposición oficial de la historia a una invitación a enseñarle a la gente a pensar como antes.

«Obviamente, va a haber diferentes lecturas según la persona que lo visite. Uno de los temas más complejos es hacer que nuestros museos se acerquen a la diversidad que hay en el país, y no me refiero a la étnica: están los pobladores urbanos y los campesinos, que muchas veces olvidamos. Los museos no están para decir, sino para que la gente diga, para despertar la capacidad crítica en las personas sobre su propia historia», mencionó Carl Henrik Langebaek Rueda, doctor en Antropología de la Universidad de Pittsburgh y autor del libro Antes de Colombia: los primeros 14 000 años —ver destacado abajo—, quien estuvo el 3 de marzo en una charla en el Muua sobre la renovación de la sala de larga duración de Antropología Graciliano Arcila Vélez.

No son simples piezas antiguas rescatadas de la tierra. En los museos está la doble responsabilidad de almacenar los hallazgos y mostrarlos de una manera que no sea aburrido, estéril o complicado de ver. «El museo, hoy en día, no solamente el museo arqueológico o antropológico, tiene el reto de la obsolescencia, porque estos se van haciendo viejos. No es solo renovarlos, que no es cualquier cosa, es una cosa cara, implica trabajo y toma tiempo», comentó Lleras Pérez.

El profesor Rueda es antropólogo de la Universidad de los Andes con maestría y doctorado en Antropología de la Universidad de Pittsburgh. 

Ni mejor, ni peor; somos distintos: Carl Henrik Langebaek Rueda

El antropólogo, arqueólogo e historiador colombiano publicó a mediados del año pasado el libro Antes de Colombia: los primeros 14 000 años, una narración crítica que desmitifica ideas preconcebidas sobre los primeros pobladores del norte de Suramérica a partir de historias de las civilizaciones precolombinas. Durante su visita al Muua, el periódico Alma Mater conversó con él sobre esta  investigación. 

¿Cómo eran los primeros pobladores de Colombia?

Gracias al estudio de muchas personas, incluyendo grandes investigadores de la UdeA, sabemos más que antes. Lo que podemos especular es que se trataba hace 14 000 años de poblaciones muy diversas. Sabemos que casi todas tuvieron un mismo origen, en Asia y, en  últimas, como todos los seres humanos, en África, pero esas poblaciones, relativamente homogéneas, empezaron un proceso de diversificación en el Nuevo Mundo impresionante, no solo por su economía sino también en términos de su cultura y adaptación al medio.

Cuando los humanos llegaron a Colombia, ya se habían adaptado a una enorme cantidad de medio ambientes en Centro América, conocían ambientes secos, selva tropical… el Tapón del Darién nunca fue un obstáculo para los humanos.

Obviamente en Colombia, que tiene uno de los ambientes más biodiversos del mundo, esta diversidad explotó por mil. A veces no somos conscientes de la diversidad que había en el territorio en el siglo XVI. Te voy a dar un ejemplo, cuando uno estudia el territorio muisca en Boyacá y Cundinamarca se lo imagina homogéneo, y no. Los muiscas de Duitama, Sogamoso y de Bogotá eran distintos, hablaban dialectos diferentes. Probablemente no era fácil comunicarse entre ellos y eso da una idea de lo que pudo pasar en el país.

¿Eran civilizaciones o no?

Creo que hemos tenido un complejo de inferioridad muy grande porque tendemos a pensar en un proceso lineal, de cambio, que lleva a la civilización. Incluso, grandes arqueólogos se han preguntado por qué las civilizaciones colombianas no fueron como las peruanas y mexicanas; se especuló que era por causa del medio ambiente, la inferioridad intelectual, entre otras ideas.

Pero yo creo que en realidad fue porque cogieron por un camino distinto. Todas las civilizaciones tenían niveles muy importantes, pero no de diferenciación económica. Fueron sociedades que se resistieron a que hubiera una pequeña élite que controlara la economía, como sucedió en otras latitudes. Pero eso no es un camino inferior ni frustrado, sino distinto. Lo que es bueno que la gente sepa, es que ese camino duró hasta la corona española y eso tiene un valor, nos muestra cómo ciertas maneras son legítimas y duraderas.

¿Qué es lo que nos hizo diferentes a otros?

Creo que nuestras sociedades prehispánicas evitaron que hubiera élites que explotaran a los demás. No que no hubiera jerarquización —en el caso de los muiscas fue brutal—, pero no se traducían en un control económico de nada. Los caciques tenían unas prerrogativas y un rol completamente distinto, pero no se apropiaba de los excedentes de nada. 

A lo mejor podemos aprender mucho del pasado…

Fíjate que en el presente naturalizamos las cosas. Damos por sentado que lo que existe hoy ha existido siempre. Es más, nosotros trasladamos al pasado maneras de ver el mundo nuestras: el ánimo de lucro, el interés personal, etc., y cuando uno ve la información arqueológica encuentra que es un gran error, porque claramente en esa época aplicaban lógicas completamente diferentes.

Lo bonito de la arqueología y la antropología retan ese pensamiento. Lo que hay que entender que nuestra manera de ver el mundo es una de las muchas posibles, que son alternativas interesantes a lo que tenemos, no para regresar a un pasado idílico y romántico, sino para construir un mejor futuro. 

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