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Devoradores «no humanos» de libros

21/07/2021
Por: Natalia Piedrahita Tamayo- Periodista

Además del lector y los personajes de las narraciones, los libros también son habitados por «bichos» que pueden esconderse en sus páginas. La temperatura, la limpieza y los materiales de las estanterías son algunos de los factores que inciden en la aparición de esta microfauna que puede afectarlos y hasta consumirlos.

Manchas, erosión y pérdida del soporte producida por microorganismos y factores de humedad. Cortesía Archivo Biblioteca Nacional de Colombia. 

Todo libro es un refugio y una posibilidad de viaje en el espacio y el tiempo, aunque no solo los humanos nos beneficiamos de esta habitabilidad. Otros animales, hongos y bacterias pueden residir en sus hojas, tintas y pastas hasta deteriorarlos o dañarlos.

Uno de los más asiduos «residentes» del papel almacenado es Lepisma saccharina, mejor conocido por bibliotecarios y coleccionistas como «pececillo de plata», una criatura escamada y veloz, de 10 milímetros de longitud, que adora alimentarse de celulosa y almidón, dos componentes esenciales del papel. Este insecto puede convertirse en una plaga para las hojas si no se le presta atención a tiempo.

Consuelo Edilma Montoya Tamayo, auxiliar de la Biblioteca Carlos Gaviria Díaz de la Universidad de Antioquia, es una de las guardianas de las colecciones patrimoniales. 15 años al frente de los anaqueles le han dado la experticia para cuidar textos nuevos y antiguos manuscritos.

«Los libros, en promedio, con precauciones y limpieza, pueden durar 100 años, dependiendo del amor y el cuidado con el que se les trate. No deben dejarse cerca de comida, vasos con agua o café. También hay que considerar estratégicamente su ubicación y almacenamiento ya que, si se exponen continuamente a factores como la luz y la humedad, al igual que a algunas plantas, pueden afectarse fulminantemente», comentó la bibliotecaria.

Además del pececillo de plata, existen habitantes como el Anobium paniceum —un escarabajo de 1.5 milímetros—, las polillas, los gorgojos y las termitas; otros pequeños, pero voraces bibliófagos.

Otro «enemigo invisible» es el el moho negro, un hongo que se expande en los libros que residen en lugares donde hay mucha humedad. Por ejemplo, en municipios como Puerto Berrío o Caucasia, en los que la UdeA tiene seccionales y bibliotecas, es común verlos.

Alargar la vida de los textos

Hay estrategias para reducir los efectos de estos minúsculos devoradores literarios. Para prevenir el moho negro que se ha dado en las regiones, Montoya Tamayo recomendó poner detrás de los estantes tapas plásticas con bicarbonato, puesto que ayuda a absorber la humedad. La bibliotecaria agregó un remedio casero que se utiliza mucho en las colecciones, la mezcla de alcohol con alcanfor: «Aplicada en cantidades moderadas sobre las áreas afectadas por hongos y bacterias, puede detener su progreso».

Si se quiere que perduren en el tiempo, los libros deben ser cuidados del polvo, los animales y las bacterias. Las estanterías también son fundamentales: los mobiliarios metálicos son los más recomendados, sobre todo para libros patrimoniales o antiguos, ya que su limpieza es más fácil y no padecen afecciones como el comején, natural en la madera no inmunizada.

Adicionalmente, cada volumen tiene condiciones específicas para su almacenamiento.  Sandra Angulo Méndez, coordinadora del Grupo de Conservación de la Biblioteca Nacional, explicó que la observación de las características del libro es fundamental para determinar cómo se guarda.

«Se debe analizar el tamaño, de modo que los ejemplares no queden apeñuscados en sus estanterías. Si no cuentan con el espacio suficiente, las hojas y las pastas pueden deteriorarse. Asimismo, pueden separarse las páginas sueltas, o cuadernos con pastas menos gruesas de los libros con pasta dura, calculando la disposición vertical u horizontal de los archivos, con el objetivo de evitar que las primeras se rompan al ser retiradas de sus anaqueles».

Indicó que los libros, sobre todo los antiguos, no deben ser tomados desde su parte superior porque se puede desprender el lomo o su encuadernación. La duración y vejez de un ejemplar no es tanto por la antigüedad sino por las condiciones en las que se mantengan, los elementos —calidad del papel y fibras— y los métodos de fabricación.

«Los papeles son como los humanos: se deterioran hasta morir, pero con cuidado y atención se posterga la incidencia de las condiciones adversas en ellos», señaló Angulo Méndez. Como si fueran una casa, albergan seres imaginarios y algunos vivos.

Para cuidar sus libros

  • Evita que tus libros estén expuestos al sol, que puede deteriorar rápidamente las tintas y el papel. Asimismo, el agua y la humedad son fuente de hongos y mohos.
  • Mínimo cada mes, con paños secos, plumillas o brochas, realiza una limpieza general de las superficies externas —portada, contraportada, lomo y bordes de páginas—.
  • Las sobrecubiertas o forros son una buena opción para proteger las portadas y lomos.
  • Evita poner adhesivos y plásticos en sus páginas, estos pueden deteriorar las hojas.
  • Antes de limpiarlos, debes estar protegido con guantes que te cubran todo el brazo, un tapabocas y una bata para cuidar la ropa.

El Sistema de Bibliotecas de la Universidad de Antioquia cuenta con diecinueve sedes en Medellín y Antioquia. En el acervo patrimonial de la Biblioteca Carlos Gaviria Díaz se conservan los documentos más antiguos, como el manuscrito Codicis Sacratissimi Impertat ivs Ivstinian (1612), un ejemplar hecho con hojas de cereal y pasta de piel de carnero, con el cual el emperador Justiniano declaró los códigos de la iglesia bizantina.

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