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Dilema 4: El juego prohibido en un espacio público amenazante y contaminado

Francesco Tonucci ha defendido la idea de que «los niños jueguen solos en las calles, en vez de pasar horas solos frente a la televisión; que vayan solos a sus colegios, en vez de ir siempre de la mano de los adultos (…) En conclusión, que las ciudades sean repensadas y adaptadas a la infancia» (2018).

Esta idea es respaldada por los consejeros y consejeras, quienes reclaman «juegos permanentes para volver a las calles y desapegarse de los medios tecnológicos». Además los corregimientos de Santa Elena y Palmitas sostienen la necesidad de «infraestructura para ser, estar y jugar en la ruralidad, no solo en la centralidad».

De otro lado, consejeros de la zona urbana de Medellín, también advierten los riesgos de no jugar por la ausencia de espacios efectivos: «el no poder jugar en los espacios abiertos –como la plazoleta del conjunto– porque los adultos dicen que les invadimos sus espacios, hace que muchos niños tengan adicciones al internet porque no tienen espacios para jugar». Restringir los espacios de los conjuntos residenciales para el juego, limita este derecho fundamental y exige que se proscriban las prácticas que lo entorpezcan, malinterpreten o distorsionen, pues estas prácticas limitan las posibilidades de desarrollo integral de niños y niñas.

También en el escenario educativo consejeros y consejeras de San Javier reclaman las posibilidades para el juego: «Dejan muchas tareas en el colegio, y uno se la pasa es en esas», además «hay que hablar con el profe de educación física para que podamos jugar en su clase».

Esto pone en escena que la escuela ha desterrado el juego de sus espacios y ha olvidado que niños y niñas aprenden más jugando que estudiando, asunto que pone la pregunta en maestros y en maestras para que vuelvan a creer en la potencia del juego como posibilidad de enseñanza desde el placer y la alegría. En este sentido, se hace necesario recordar que cuando la Constitución colombiana describe el derecho a la educación sostiene la práctica recreativa como uno de sus principios: «la educación formará al colombiano en el respeto a los derechos humanos, a la paz y a la democracia; y en la práctica del trabajo y la recreación, para el mejoramiento cultural, científico, tecnológico y para la protección del ambiente» (Artículo 67).

Estos planteamientos sobre los entornos protectores para el juego se agravan cuando los consejeros relatan la imposibilidad de jugar frente a la emergencia ambiental que está viviendo la ciudad: «en mi colegio ya nos dijeron que no podemos salir a jugar al patio, solo por los lados de los corredores podemos jugar» y se complican mucho más cuando los consejeros de San Javier, exhortan a recuperar el territorio, para jugar en la calle sin miedo al conflicto armado, cuando sostienen «hay que poner una barrera antibalas en el parque, para poder salir a jugar».

Finalmente, estas voces sentidas de los consejeros y consejeras interrogan las formas de organización social que hoy tiene la ciudad y ruralidad, y exigen la construcción de entornos protectores para el juego y el desarrollo integral. Es aquí donde vale la pena preguntarnos: Medellín ¿A qué estás jugando? Cuando niños y niñas no pueden jugar en tus calles, cuando no hay espacios de cuidado para el juego, cuando los espacios son privados de la recreación, cuando las canchas son priorizadas para el consumo de sustancias psicoactivas, cuando la violencia urbana llena la calle de miedo y cuando te quedas sin aire para poder jugar.

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