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    martes, 1 de diciembre 2020
    01/12/2020
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    Salud pública y salvación nacional

     

    Salud pública y salvación nacional

    Por: Fabio Humberto Giraldo Jiménez

     

    La ciencia actuarial puede interpretar el pasado y presente de situaciones económicas complejas —sobre todo financieras—, y predecir su futuro mediante razonamiento algorítmico y adecuados modelos matemáticos para calcular ventajas y desventajas de la inversión. Su capacidad predictiva le permite gestionar, controlar e inducir el futuro en la medida en que se gestione, controle e induzca el presente. 

     

    Es la ciencia del capitalismo financiero porque sirve a su propósito de acumular el «estiércol del diablo» que es el capital, y de concentrar y manipular el poder económico y político en todos los niveles, no solo por presión directa sino por coacción sistémica. En la poderosa capacidad predictiva del conocimiento actuarial basa el capitalismo financiero su fuerte y extensa potencia que convierte a los Estados en mercancía sujeta a valoración bursátil. Que no tenga límites —ni materiales, ni éticos— es lo que lo convierte en salvaje, a pesar de que sea una cultura y la punta de lanza de la civilización moderna.

     

    Pero con todo y que esta ciencia de los poderosos tenga como propósito epistemológico la minimización de los errores para evitar sorpresas estratégicas —al igual que la ecoepidemiología—, solo alcanzó a agarrar a la covid-19 por la cola y, a escasos tres meses largos de los primeros contagios, sigue pegada de la cola, sin ver más que el anca del «veneno», del virus.

     

    Ese contraste con la impotencia de la ciencia de los poderosos es la medida de la magnitud de la crisis y de la sorpresa, pero además, la medida de la conmoción en toda la escala de la cultura capitalista y de su cadena de producción y acumulación, y de la conmoción en la administración política que los gobiernos hacen de la crisis. Vista a través de ese contraste, esta es la crisis de todas las crisis porque, en efecto, estamos todos —ricos, gobernantes y pobres— en manos de una enfermedad comunista que apenas podemos describir sobre la marcha, que aún no controlamos y que, además, influye no solo sobre el cuerpo humano sino sobre el cuerpo social.

     

    Pero siendo esta una enfermedad, por su primer origen, la responsabilidad de su cura se transfiere de los políticos a la racionalidad científica, representada en este caso por la salud pública y las ciencias médicas, que en tiempos normales son casi inocuas para el poder político y económico, salvo el uso interesado que de la epidemiología hace la industria farmacéutica privada.

    Estamos, pues, en la misma situación de Adriano, el agónico emperador romano de M. Yourcenar —Memorias de Adriano—, quien llora su desconsuelo reconociendo que: «Es difícil seguir siendo emperador ante un médico, y también es difícil guardar la calidad de hombre». Hoy Adriano habla por todos los que, por la pandemia, nos enfrentamos a la Parca que corta el hilo, al inminente y muy democrático riesgo de muerte que es lo que hace universalmente terrible a la pandemia. Agarrados de la cola, de la misma que están agarrados los poderosos de la ciencia actuarial, esperamos que ocurra el milagro científico, que será prodigioso no por lo novedoso sino por lo salvífico.

     

    Por eso es por lo que la soberanía política, la capacidad de decisión sobre los estados de excepción según la descripción de Carl Schmitt que cabe perfectamente en esta situación, está en manos de esa especie de «comité de salud pública» que aparece al lado de todos los gobernantes, incluido el desquiciadamente díscolo presidente de EE. UU.

     

    Que en estado de excepción la democracia peligre, no me cabe duda. Y que en situaciones excepcionales siempre está a disposición la figura del dictador romano investido de poderes excepcionales que permiten interrumpir la democracia para salvarla, tampoco.

     

    La racionalidad científica y, de ella, la salud pública están en su cuarto de hora político. Que se encuentre una vacuna puede hacer mover las manecillas del reloj hasta la media hora o más allá. Pero la esperanza en la racionalidad científica depende de la cura científica, aunque muchos la busquen también en un sagrario, «por si las moscas».

     

    La vacuna puede devolver el optimismo, la solidaridad, la calle, el ágora, el espacio público, la vida pública presencial, la fe en la ciencia y en la democracia y en la educación con calidad, que son sinónimos de libertad y de fe en el futuro basado en el conocimiento y en la política basada en la racionalidad científica, de defensa de la persona y de sus derechos. Su demora nos avienta al pesimismo, al encierro y al egoísmo, en los que se cultiva más la seguridad que la libertad, el poder más que la razón, el Estado más que la persona y sus derechos, la «razón de Estado» más que la razón social.

     

    No dudo, por mi moderado pesimismo, que siempre habrá la posibilidad de una posición intermedia entre los extremos. Y espero, en todo caso, que sea más roussoniana que hobbesiana, más kelseniana que schmittiana y, en fin, más garantista que autoritaria.

     

    Como no soy un experto en la cliomatemática, que es otra ciencia híbrida y muy nueva, no me permito hacer predicciones sino advertencias. En la medida en que presionen la avaricia de los poderosos, las necesidades de los informales y el hambre de los «trapirrojos», y en la medida en que escaseen los recursos estatales para los de arriba que no quieren perder y para los de abajo que todo lo tienen perdido, en la medida en que se tenga que echar mano de la expansión monetaria, el cuarto de hora de la salud pública va derivando hacia el orden público; lo cual implica contener el desespero de los trapirrojos acudiendo a la legalidad excepcional, no ya para la emergencia médica sino, además, para la emergencia económica y, más allá, para la conmoción social prescrita en los estados de excepción —artículos 212, 213, 214 y 215 de la Constitución colombiana—, de los cuales el estado de emergencia, el que se está usando —art. 215—, es la cuota inicial.

     

    En la medida en que la realidad supere la legalidad y en que la estadística no cuente números sino «carnitas y huesitos», ese «comité de salud pública» que hoy está en su cuarto de hora político puede mudar hacia una especie de «comité de salvación pública», saltando por encima del artículo 214 que limita los estados de excepción. En condiciones más extremas que las actuales, es altamente probable que un tal «comité de salvación pública» se cree a imagen del que operó con el mismo nombre durante el Régimen del Terror de la Revolución Francesa, y que llegó a tener mucho más poder que la Convención Nacional que en esa época representaba al Estado. No es de menor consideración saber que ese «comité de salvación pública», dueño de la vida y de la muerte, traducido al francés es «comité de salut public», si bien «salut» se usa en el significado latino de «salvación».

     

    Que en estado de excepción la democracia peligre, no me cabe duda. Y que en situaciones excepcionales siempre está a disposición la figura del dictador romano investido de poderes excepcionales que permiten interrumpir la democracia para salvarla, tampoco. Y que esas excepcionalidades pueden ser legitimadas por soberanía popular en un contexto de estado de naturaleza hobbessiano en el que, por necesidad, se entregue la libertad a cambio de la vida, menos. Y que muchos aprovechen la ocasión para acrecentar poder y riquezas, mucho menos.

     

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