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    viernes, 4 de diciembre 2020
    04/12/2020
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    Rostros del miedo


    Cinco rostros del miedo

    Por: Patricia Nieto

     

    Del miedo se dice que es un horror helado, un mal incurable, un hueco en la nada, una piedra en la boca, un grito sin ruido; un sentimiento noble si es muralla contra la muerte o una afección oscura si paraliza y postra.  Ahora pienso que es un puño con púas sembrado en los sueños.  

     

    1.
    El joven Zuleta yacía sobre su cama de soltero. Tendido boca arriba intentaba descifrar las figuras formadas en el cielo raso por brochazos descuidados. Apenas descubría el lomo de lo que podría ser un venado un pinchazo lo hacía gritar. Una vez lograba sacarse la aguja de entre la piel, esta se convertía en termómetro y allí adentro el mercurio fluctuaba entre 40 y 19 sin control. Antes de bañarse en sudor y caer en el oasis del techo, Zuleta se veía deformado por el exceso de calor o de frío.

     

    Durante las últimas dos semanas, Zuleta había estado confinado en su apartamento de treinta metros para evitar contagiarse del virus que tenía en cuarentena a medio mundo. El sábado 29 de marzo de 2020, cuando despertó en medio de la tarde húmeda y gris de Medellín, aceptó que tenía miedo de ser él mismo el positivo, el portador del mal; de enfrentarse al sufrimiento degradante que le llegaría con la enfermedad.

     

    2.
    Dentro del probador de ropa la señora Múnera se sentía cómoda. Desechó los zapatos rojos, pues al medirse el derecho observó la falta de cuidado en las costuras. Entonces se concentró en el vestido verde que le atraía porque pese a ser ligero no perdía elegancia. Se enfundó en él lentamente y sintió el frío de la seda al rozarle la espalda. No bien levantó la cabeza, una tos seca le enrojeció la cara y le aguó los ojos. En el espejo se vio como una anciana que con cada esfuerzo por inhalar oxígeno expectoraba el mal. Cuando estiró la mano para tocar a la vieja, el espejo le envió una onda de cables quirúrgicos que la arrastró hasta una ambulancia silenciosa.

     

    Durante los últimos 19 días, Múnera había permanecido con sus cuatro hijos, un perro y dos gatas dentro de su casa, obediente a la orden de confinamiento dada por el Gobierno para restarle velocidad a la propagación de un virus letal. En la madrugada del 9 de abril, cuando despertó con el corazón como supurando lava, supo que tenía miedo: miedo a morir sola, a no sentir en el último momento la tibieza de una mano amiga que envolviera la suya.

     

    3.
    Después del timbrazo venía el abrir de la puerta. Al pomo, Flórez se acercaba con la mano enfundada en el viejo hule que en otra época usaba para destapar frascos. Después de halar la puerta se retiraba diez pasos antes de enfrentar al visitante. El primero fue un recolector de trastos viejos que le sonreía teatralmente sin mover los labios; el segundo, un conocido de la facultad cubierto con una careta de buceo de la que salía una campana extractora de humo; la tercera, una mujer desnuda embadurnada de hollín que le estiraba sus dedos repletos de anillos; la cuarta, una niña que le ofrecía una torta de chocolate bañada en un líquido purulento; y el quinto, un viejo de apariencia débil que se iba despojando del tapabocas tan lentamente que le daba tiempo, a Flórez, de cerrar la puerta antes de que él se descubriera el rostro.

    La noche en la que Flórez soñó cinco veces con la misma secuencia era la número 28 de su aislamiento. Después del sobresalto corrió hasta el baño y encendió un cigarrillo. Mientras veía el humo perder forma en el vacío, reconoció que el origen de su miedo provenía del cuerpo de los otros, otros a quienes no era capaz de mirar a los ojos. Flórez se sintió morir de culpa cuando de repente, mientras repasaba el sueño, descubrió que el viejo enclenque era su padre que la visitaba en busca de consuelo.

     

    4.
    Andrade sobrevolaba las calles desiertas a una altura que le permitía escuchar los ladridos de los perros encarcelados en terrazas de ladrillo marrón. El viento cálido jugaba a favor, la ciudad parecía radiante pese a que algunas nubes de lluvia se divisaban al sur. No volaba sostenido en las corrientes como lo hacen algunas aves, lo hacía con la fuerza de su cuerpo amoldado a las motocicletas de alto cilindraje que le permitían, antes de la pandemia, ir de sur a norte como si tuviera alas. Al momento de evadir el aguacero, descendió siguiendo la línea del río Medellín y vio como, desde los balcones, personas, vestidas con andrajos y conectadas a extraños aparatos, aplaudían su hazaña.

    Andrade despertó de su sueño casi al medio día. Al abrir los ojos vio piezas de su bicicleta esparcidas por su pequeña habitación. Al incorporarse sintió repulsión por la pijama lanosa que ya apestaba y recordó que completaba 35 días en cuarentena. Un vacío sin nombre se le metió en el pecho y entendió que tenía miedo a quedarse para siempre preso en la pequeñez de su casa.

     

    5.
    Después de desprender con enfado la telaraña que envolvía la cerradura, Arias introdujo la llave, la giró y empujó suavemente la puerta. Un haz de luz le hirió los ojos y pese a ello se atrevió a salir. La calle no era la de Simón Bolívar, su barrio de toda la vida, era un camino fangoso donde extraños carrizales ocupaban los senderos. En ellos se hundieron sus pantuflas lila y su cuerpo quedó atascado. Trataba de gritar para llamar la atención de los vecinos que bebían cervezas en la tienda, pero la voz se le ahogaba en un hueco sin fondo dentro de su cuerpo.

    El voceo de un vendedor la regresó a la vigilia. Arias se incorporó lentamente y agradeció al cielo por no tener que salir aún de la casa, pese a que ya llevaba 57 días de confinamiento sin producir un peso. Se escuchó pensando en esas gratitudes y se sobresaltó, sintió el pavor apuntándole en el estómago: miedo a convertirse en una miserable, abandonada, en medio de la multitud sobreviviente.

     

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