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Incorrectamente político

09/03/2018
Por: William Fredy Pérez, profesor Instituto de Estudios Políticos, UdeA

"...Que hay mentira en cada proceso político. Que la mentira late en la producción, distribución o circulación de la información política; que se miente para moldear las actitudes del público. Que la mentira está en la trayectoria de la agenda-setting, y que sin el arte de mentir no hay marketing ni técnicas de comunicación política..."


Hectolitros de tinta sobre la mentira en la política. Y ciencia en el tintero, mucha ciencia antes y después de retomar y reconfirmar la gran hipótesis teórica:  En política se miente.  No que se deba o no se deba mentir (sobre lo cual, en otro plano, corren también ríos de tinta), sino que ¡se miente!

Que hay mentira en cada proceso político. Que la mentira late en la producción, distribución o circulación de la información política; que se miente para moldear las actitudes del público. Que la mentira está en la trayectoria de la agenda-setting, y que sin el arte de mentir no hay marketing ni técnicas de comunicación política. Que la mentira está antes y después del populismo; que casi en estado puro ella es retórica sisadora, imprecisión, generalización, moral simulada y retractación calculada de políticos e intermediarios. Que redes sociales, sondeos y debates se hacen de mentiras o con mentiras.

Que se miente con noticias compensadoras, con filtraciones selectivas, con abusivas reservas de la fuente, con escándalos, espectáculos y dramas políticos calculados. Que mentir es decir y hacer para los partidos, el gobierno y los liderazgos políticos; que sin mentiras no hay personalidades ni caudillos, y que sin ella es imposible la personalización de la política. Que mentiras entran y salen en las crisis políticas, y que sin mentiras no es posible entrar ni salir de cada crisis. Que no hay educación y cultura políticas que puedan expulsar la mentira de la política.

Sabemos mucho de todo eso. Pero es curioso: ¿Por qué los electores no mentimos? ¿Por qué no se ven políticos indignados que vayan por ahí diciendo: ¡estos electores prometen y prometen pero no cumplen”, “estos malditos electores y sus promesas preelectorales…!?

Hace unos días mientras esperaba en el restaurante de un hotel de la ciudad, en una mesa extendida y contigua a la mía desayunaban unas diez personas que entre tanto oían las instrucciones de un intermediario político. No deja de ser impactante ver algunas cosas que ya sabemos: En esa reunión estaban revisando cuáles sectores (¡cuáles cuadras!) estaban copados, cuántos votos más o menos “se sacaban” y cuánto “esfuerzo adicional” se necesitaba, quién se apersonaba y que había después “si nos va bien”.

Se trataba de la cita de un intermediario de primer nivel con intermediarios mucho más localizados, gente del barrio: “Sí doctor, claro doctor, usted mismo ve doctor, cuente con nosotros doctor, no se le olvide doctor”… Y así. El doctor, hacía rodar una especie de planilla: “¿El teléfono también doctor?” ¡Claro doña Carmen, el suyo es el más importante!

A ese restaurante debí regresar al día siguiente, a la misma hora. El doctor estaba allí mismo con otro grupo de personas. No pude ocupar una mesa tan cercana como antes, pero a juzgar por el movimiento de cabeza de los asistentes y por el ritmo al cual movía las manos el doctor, la reunión se repetía. Con otras comunidades, pero se repetía. Fue entonces cuando surgieron las preguntas para este texto: ¿por qué los electores no mentimos?, ¿no es posible un Maquiavelo que asesore a estas personas del barrio y a los vecinos que ellos mismos tratarán de persuadir?

Un Maquiavelo para los electores, quiero decir, y no solo para el príncipe. En realidad estos interrogantes no hacían más que ordenar un recuerdo que había tenido antes, mientras espiaba la primera reunión. Es decir que ya sabía yo que sí era posible un Maquiavelo como ese. Se llamaba Roque y lo conocí en los años 90.

Roque transaba votos por obras, pero con una condición: Que las obras se hicieran antes de las elecciones. Así, por lo menos en ese momento y por lo que supe, había logrado la pavimentación de unas calles y la construcción de un par de canchas en el barrio. Lo mejor es que, terminada la obra y en vísperas de las elecciones, Roque se hacía un hombre extraordinariamente “incorrecto” e instruía a su comunidad de esta manera: “Recuerden que el voto es libre y secreto ¡Voten por el que les dé la gana, por el que más les guste!”.

Después, claro, era inevitable que el doctor encontrara a Roque y le llamara la atención: “Pero hombre, me prometiste ochocientos votos en el barrio… y saqué tres”. “Ah, qué pena con usted doctor –respondía Roque Maquiavelo-, pero yo ahí sí no se nada porque la instrucción fue muy clara pa’ la gente” (No habría que decir que a Roque de todas maneras le inquietaba “¿de dónde diablos salieron esos tres votos?”)

El doctor, por supuesto, no podía reclamar ilegalidad, inmoralidad o incivilidad alguna en el comportamiento de los electores. Mucho menos en el comportamiento del “intermediario”. Era política, lo que hacía Roque. Y por lo menos en lo que respecta a políticos de profesión como los que él conoció, la idea era simple: Mentir, para no engañarse. Finalmente el voto es libre y secreto… Si uno quiere, claro.


Nota

Este es el espacio de opinión del Portal Universitario, destinado a columnistas que voluntariamente expresan sus posturas sobre temáticas elegidas por ellos mismos.  Las opiniones aquí expresadas pertenecen exclusivamente a los autores y no reflejan una opinión o posición institucional de la Universidad de Antioquia. Escriba y envíenos sus columnas de opinión al correo electrónico: udeanoticias@udea.edu.co.

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