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Con otros ojos

05/10/2018
Por: Jennifer Restrepo de la Pava- Periodista

El Campus lo habitan diariamente cerca de 25 mil personas. La mayoría puede ver sus texturas, reconocer sus colores y lugares. Otros, de manera sorprendente, pueden percibirlos.  

Foto: Jennifer Restrepo de la Pava.

Habíamos hablado cuando pactamos nuestra cita por teléfono, pero una vez lo tuve en frente y crucé unas cuantas ideas con él, advertí la primera enseñanza de nuestro encuentro: hay personas que solo creen en lo que ven, pero para él lo que existe es aquello que escucha y puede tocar. No imagina, percibe. Se llama Johan Rodríguez Rodríguez y de niño quiso ser odontólogo pero terminó abogado y filósofo. 

Nuestra marcha inicia una vez pone su mano firme sobre mi hombro. Caminamos desde la Biblioteca a la Plazoleta Central y me explica que la distribución del Campus es similar a la de un pueblo de antaño; que la Biblioteca es algo así como la catedral, por eso está ubicada en el centro y rodeada de plazoletas; y que los bloques o edificios alrededor son como las casas de los habitantes de este poblado llamado Universidad. «Todo organizado en el sentido de las manecillas del reloj», recalca. 

Mientras avanzamos escuchamos el agua que emerge de la escultura El hombre creador de energía, rompe la tranquilidad con su algarabía y nos advierte que llegamos a la Plazoleta. Un concierto de gotas icónico de la Alma Máter de los antioqueños. «La fuente para mí es como el corazón de la Universidad—dice Johan—, si está apagada siento que estoy en otra parte».

Ese sonido se insertó en su memoria desde la primera vez que recorrió el Campus, en el 2003. Para ese entonces ya habían pasado 12 años desde que su vida cambió por completo. Era 1991, tenía ocho años y estaba en una tienda junto al Aeropuerto Olaya Herrera cuando cerca de él explotó un petardo. Recuerda cada detalle: el impacto, la onda explosiva y la sensación al tocar su rostro cubierto de sangre. 

Desde entonces sus manos y sus oídos se convirtieron en sus ojos. Pero a pesar de ello, no cree que haya desarrollado más sus otros sentidos, dice que simplemente está más atento a ellos y al entorno. 

Uno de sus lugares predilectos es la Sala para Invidentes Jorge Luis Borges, en la Biblioteca Carlos Gaviria Díaz. Allí se sintió como en casa desde el primer día que llegó a la Universidad. «Mi hora favorita es cuando hay genteme cuenta ahora que caminamos por el corredor de la Facultad de Artes— En la Biblioteca todo el tiempo regañan por la bulla, pero a mí me gusta el murmullo, es la forma en que percibo a los otros, la forma en que sé que existen». 

De fondo escuchamos los ensayos con un violonchelo. Su oído, dice, compensa esa otra forma de ver el mundo, la misma que le permite identificar las múltiples personalidades del Campus. Cada hora tiene ambientes y sonidos distintos, asegura: en la mañana hay tranquilidad, en la noche una energía pesada. 

Un olor a marihuana se cruza en nuestro camino. Hay un silencio. Aprovecho el momento y le propongo tres preguntas de golpe. «Pero no piense mucho la respuesta», le advierto: 

—¿Con qué palabra relaciona a la Universidad? 

—Amistad. 

—¿Qué sensación le genera la Universidad? 

—Seguridad. 

—¿Qué olor le gusta de la Universidad? 

—El olor a yerba.

Su última respuesta trae una risa maliciosa. La lluvia nos acompaña hasta la estación final del recorrido: su otro lugar favorito, un tranquilo corredor en la parte trasera del bloque 5. Sentado en el piso, me habla de movilidad reducida. Dice que, pese a todo, en el Campus hay lugares de difícil acceso para las personas con movilidad reducida. Espacios como Guayaquilito y Tronquitos carecen de líneas táctiles para orientar a los ciegos. 

Advierte también que las ventas informales dificultan la movilidad de los discapacitados, pues la mercancía, mesas y electrodomésticos reducen el espacio para transitar. A ello, asegura, se suma la intolerancia de algunos vendedores. «Conozco personas y grupos que hacen muchas cosas por la inclusión, pero no diría que toda la Universidad trabaja por ello, ojalá así fuera», afirma.

A pesar de ello, recalca que ama cada rincón del Campus. «La Universidad es como una sonrisa —dice—. Solo el que la tiene sabe por qué se está riendo. Solo quien está aquí y la conoce, sabe lo que produce, lo que significa, lo que representa y lo que es».

 

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