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Trazas del fuego, huellas del pasado precolombino

07/02/2020
Por: Natalia Piedrahita Tamayo- Periodista

¿Cómo actuaban las comunidades precolombinas ante los volcanes? Un profesor de la Alma Máter se ha dedicado a investigar cómo los poderosos edificios geológicos de nuestra región cafetera no solo determinaron alianzas poblacionales en la época precolombina, sino también el uso del territorio y las formas de vida.

El volcán Cerro Bravo está ubicado en la Cordillera Central de los Andes, en el Tolima, a 150 kilómetros de Bogotá y 25 de Manizales. Foto: cortesía Servicio Geológico Colombiano.

Si el calor interno de la Tierra no necesitara una salida, no existirían los volcanes. Y sin estos, tampoco tendríamos vida planetaria. A través de la desgasificación —mecanismo mediante el cual los componentes del núcleo terrestre salen de su interior— se generó y se renueva la atmósfera.

«El calor de la Tierra se acabará en muchos millones de años. Cuando esto suceda, la vida desaparecerá y el planeta tendrá unas condiciones similares a las de Marte», explicó John Jairo Sánchez Aguilar, geólogo del Departamento de Geociencias y Medio Ambiente de la Universidad Nacional de Colombia, Sede Medellín.

Esas relaciones son, incluso, más complejas. Todos los elementos terrestres están interconectados: los asentamientos prehispánicos y la relación de los grupos humanos con el territorio estuvo influenciada por el vasto conocimiento que estos tuvieron de los procesos geológicos y de la incidencia que elementos como el viento y el agua podían tener en sus vidas.

«Estos fenómenos no son aislados. Un volcán tiene la capacidad de afectar el clima a escala global, de descomponer la concentración de gases de la atmósfera generando alteraciones en la precipitación, la temperatura y el clima. Estos procesos se reflejan en las poblaciones animales —también humanas— y en la vegetación».

Así lo afirmó William Andrés Posada Restrepo, antropólogo e investigador de la Facultad de Ciencias Sociales y Humanas de la Universidad de Antioquia. Su investigación Arqueología en territorios de incandescencia, es producto de su trabajo doctoral sobre la relación de las comunidades precolombinas con los procesos de vulcanismo en el Holoceno. Este estudio se focalizó en la zona rural de los municipios de Manizales, Chinchiná y Neira —entre los 1500 y los 2000 metros sobre el nivel del mar— en las cuales se ha identificado la mayor densidad de ocupaciones prehispánicas de la región cafetera de Colombia.

Mediante el estudio de restos cerámicos precolombinos y la reconstrucción de la paleovegetaciónde la época —fitolitos o fósilesvegetales—, logró una reconstrucción del uso del suelo en distintas épocas y obtuvo información sobre las poblaciones y su relación con los eventos eruptivos: «La gente vivió períodos de erupciones muy violentas, pero esto no parece haber afectado significativamente a las comunidades de la región, porque ocurrieron en lugares muy específicos y duraron poco. Pero cuando las erupciones fueron pequeñas pero muy prolongadas en el tiempo, sí hubo una afectación en el desarrollo del suelo y en las plantas».

Estos hallazgos permiten una aproximación a los procesos sociales y ambientales bajo condiciones de vulcanismo activo, tal y como lo titula el profesor en su investigación, ya que los cambios en los usos del suelo identificados a causa de la actividad de los volcanes Cerro Bravo y Nevado del Ruiz, generan cambios socioculturales que se reconocen bien en los restos arqueológicos.

Esta relación de las comunidades precolombinas con situaciones que en la actualidad percibimos como trágicas, las llevaron «a generar alianzas, trabajo cooperado y solidario, lo cual derivó en la conformación de sociedades más diversas y extensas, un tejido de resiliencia», advirtió Posada Restrepo. Esta reconstrucción del pasado, basada en la geoarqueología, también cuestiona la idea de que en la actualidad se conoce más sobre los procesos geológicos: «¿Si hoy en día tenemos un conocimiento de los volcanes, por qué los ancestros no habrían de tenerlo? Ellos vivieron ahí milenios y nuestro conocimiento geológico es solo de siglos. Creo que es más lo que tendríamos que aprender de ellos».

Testimonios de identidad

En Colombia se tienen 120 volcanes documentados y, de estos, 21 están activos y son potencialmente peligrosos. Su estudio permite conocer los procesos del estado del tiempo que se han desarrollado en la tierra en el pasado.

«¿Por qué los ancestros permanecían cerca de los volcanes conociendo los riesgos de estar ahí?», cuestionó Sánchez Aguilar. Sus amplios estudios
en geología le han dado varias hipótesis: Al igual que en la sociedad actual, las comunidades ancestrales veían en los volcanes entes benéficos, permeando su identidad. Destaca una síntesis del testimonio de los habitantes de Pasto, ciudad erigida junto al volcán Galeras: «Aquí está mi finca, esta fue la tierra que cosecharon mis abuelos, estamos tranquilos al lado de este volcán, es nuestra fuente de agua y alimento».

Según esta investigación, los ancestros sabían que el viento determina los alcances de la erupción. Esas poblaciones conocían la probabilidad de dispersión de emisiones según los vientos y se ubicaban de acuerdo con ello.

Las cenizas volcánicas pueden ser buenas para la siembra, pero también pueden esterilizarla. En el contexto continental, ciudades como Lima, Quito, Santiago de Chile y La Paz están construidas sobre materiales volcánicos.

El fuego generó alianzas

El planeta es una roca de 6000 kilómetros de diámetro, con un núcleo —centro sólido y metálico—más grande que la Luna. En su parte externa, este centro es de hierro y níquel fundido a una temperatura de más de 6000 grados centígrados: «El escaso calor que se escapa de ese centro produce todo tipo de erupciones volcánicas y movimientos de placas. Por el calor interno de la Tierra se formó la vida», explicó Sánchez Aguilar.

En Colombia tenemos varias zonas volcánicas, destacándose las de Huila y Tolima, en este último departamento está ubicado el Nevado del Ruíz, activo actualmente y enlistado como uno de los más peligrosos del mundo. En esta misma lista se menciona el volcán Puracé, ubicado en la cadena de los Coconucos, en Popayán. Sin embargo, el volcán con registros más antiguos de actividad en Colombia es el Galeras, en Pasto. Entre Colombia y Ecuador también existe una cadena volcánica en el área del Proyecto Geotérmico Binacional.

En Antioquia, los volcanes están extintos, sin embargo, sus campos fumarólicos inactivos son un gran laboratorio para investigadores de diferentes ciencias, ya que en los materiales que residen en ellos está el testimonio del pasado terrestre. Cerro Tusa y El Sillón son los más destacados.

El Servicio Geológico Colombiano es la entidad que gestiona los riesgos y previene a las poblaciones que viven cerca a ellos: «Los terremotos no se pueden predecir, pero las erupciones volcánicas sí», explicó Sánchez Aguilar. Uno de los mayores alcances de estas investigaciones es la contribución con el panorama general de un país que, aunque tiene gran actividad volcánica, de ellos tiene todo por conocer.

¿Qué es la geoarqueología?

Es la articulación de las geociencias y la arqueología, que en este caso permite investigar la relación entre los fenómenos volcánicos y las poblaciones humanas en épocas precolombinas.

 

Fotos: cortesía William Andrés Posada.

1. Los fragmentos cerámicos se clasifican según sus atributos, la incisión fina es una técnica decorativa que se realiza con un punzón y sobre el barro blando. Este es un marrón de inciso fino que corresponde al periodo clásico, es decir, a los primeros siglos de la era actual.

2. Volante de huso: una herramienta utilizada para hilar. Este ejemplar, hallado en el área de influencia de la investigación, corresponde al periodo tardío, cerca al año 1300 d. C.

3. Esta es una muestra de un conjunto de piezas cerámicas encontradas en el área de investigación.

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