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“Mi” Santiago

25/03/2020
Por: Juan Guillermo Gómez García, profesor Facultad de Comunicaciones UdeA

«...Todo fue un feliz caos al tener a todos los García de Bedout en casa. Eran los primos que dormían en nuestras camas, con nosotros. La bulla era espantosa. Mi padre ni aparecía, sino al amanecer. Era el año de 1967...»

Ayer murió Santiago García.

Solo hasta este momento, como una avalancha, llegan los recuerdos.

Las fotos

Santiago fue una nota borrosa de mi infancia, y vivía más en las hermosísimas fotos, nítidas en blanco y negro, que tomó a mi madre y a nosotros al frente de un pequeño apartamento en La Soledad de Bogotá.

Teníamos menos de cinco o seis años. Santiago era fotógrafo. Nos tomó fotos que nos acompañaron en la infancia, y algunas deben estar por allí. Creo que hasta tomó una a mi hermano Cayo, de tres añitos, mientras este orinaba sobre los ladrillos, con su pantalón corto, de perfil. Foto que le mostrábamos para hacerlo llorar de vergüenza. Éramos Luchito, yo, Victoria —luego se puso el horrible Vicky— y Eduardo en medio de mi madre Gloria, pues Andrés no posaba, supongo que por su fragilidad eterna. Gloria era la luz de esas transfiguraciones.

Bajo la tierra

Santiago y Arturo García hicieron Bajo la tierra. Era una película basada en la novela de Osorio Lizarazo, en blanco y negro, por supuesto. La película quebró rotundamente a Arturo, y para nuestra felicidad nuestros primos Marta, Gabriel, Néstor, Alejandro y Alberto llegaron a quedarse en casa, como desplazados. Arturo había pues perdido todo, casa lujosa en el Lago, Mercedes Benz; y así Lucía de Bedout y sus críos se asentaron por una temporada feliz en casa de mi padre, Humberto, y mi madre.

Todo fue un feliz caos al tener a todos los García de Bedout en casa. Eran los primos que dormían en nuestras camas, con nosotros. La bulla era espantosa. Mi padre ni aparecía, sino al amanecer. Era el año de 1967.

El juego predilecto era aventar puertas. Así que Vicky tuvo la novedad de conjurar el portazo, poniendo el dedo en un dintel. Néstor tiró la puerta como solo su contextura grande podía —siempre el Adonis fue fuerte—. El dedo pulgar derecho de mi hermana se desprendió de su mano como en una guillotina. La sangre saltó sobre mi cara. Nunca antes había visto sangre viva.

La muerte de mi madre

Mi madre murió cuando tenía yo unos diez u once años. Murió en una Clínica del Seguro Social en la Caracas con la 26. Su muerte fue un acontecimiento catastrófico para todos. Fue el fin. Santiago no volvió aparecer por casa.

La Candelaria

Cada año, como obligación feliz, íbamos en patota todos mis hermanos y yo a ver una representación de La Candelaria. Cada año sin faltar, como una procesión ritual, lo visitábamos mis hermanos Luis, Victoria —todavía no era Vicky—, Eduardo y Andrés —que ya había crecido— y yo. Siempre nos esperaba, nos daba preferencia y no nos cobraba la entrada. Nos sentíamos muy privilegiados: no hacer cola, no pagar y reír en cambio por dos horas cada año. Faltaba solo nuestra madre para estar en el paraíso.

Arturo

Entré en contacto de verdad con Arturo tras la muerte trágica de Alejandro, mi primo. Fue como en 1988. Todos los García estaban desechos. Los García, como les decían con distancia los Gómez, el ala paisa de mi padre. Alejandro murió arroyado por un carro en el Tercer Puente de la Autopista. Como yo era abogado, me hice cargo del caso. Fui a Medicina Legal, reconocí por primera y única vez a un cadáver. Era una imagen de espanto las costuras en una persona con que habíamos jugado a tirar puertas en la niñez.

Seguí el caso, cobré una indemnización cualquiera, insignificante. Gané el corazón esquivo de Arturo. Nos volvimos amigos, muy amigos.

Muerte de Arturo

Arturo murió una vez regresé de Alemania. Yo hacía un seminario sobre Osorio Lizarazo y quería invitarlo para que nos explicara, no cómo había quebrado en el propósito, sino por qué había sido el productor de Bajo la tierra. Logré conseguir los pasajes. Murió de cáncer de pulmón en el entreacto.

Endosé el pasaje a Santiago, pues Santiago figuraba como el director del film olvidado.

Vino Santiago a Medellín. Fue mi apoteosis con él. Toda una tarde hablamos como nunca habíamos hablado. Habló de su infancia; de su primera escenificación de Sí-Sí y No-No.
Pinitos de actor de Santiago García

Tenía Santiago unos diez años. Vivían en comunidad los García con sus sendas mujeres —Pinzón, Vicaria y otras—, unas amazonas encopetadas que tenían a sus maridos embriagados.

Pues resulta, para sorpresa de todos, que mi abuelo Gabriel García, el oficial de policía, era una madre de Dios.

Debutó el niño Santiago ante la comunidad familiar con una obra cuyo argumento de fondo era que había una niña que cuando le preguntaban algo respondía "sí, sí", y otra niña que cuando le preguntaban algo respondía "no, no".

Furiosa la madre Paulina Pinzón ante semejante abrupto, le increpó a Santiaguito: "No vuelvas a hacer el ridículo".

Santiago y el alzhéimer

Hace diez años o más visité, por accidente como siempre, a Santiago en La Candelaria. Era medio día en la casona colonial. Estaba con Patricia Ariza, como era usual. Me saludó jocoso, como un saltimbanqui: “Hola, Alejandro”. No entendí. Patricia le decía:  “no es Alejandro, es Juan Guillermo, el hijo de Gloria”. Repetía saltando Santiago: “Hola, Alejandro”. Me mosquié y quise salir. Fue cuando Patricia, quien siempre había procurado que estuviéramos Santiago y yo más juntos, me contó su drama. Nada, había caído ya en la noche del olvido.

Solo queda Inés

De los García Pinzón solo queda Inés. Inés estuvo siempre allí y no estuvo. Desde niños nos decían que era lunática. No lo era ni nunca lo fue, pero nunca ha estado en este planeta. Amó a un gringo que se llamaba con un nombre que me sonaba de niño a mujer. Al morir el gringo amado, volvió donde Arturo. Sigue viviendo en su eterno no pensar, donde Marta e Ivonne, y las nietas de Arturo, Margarita y Laura, todas para llorar que Santiago se fue.

Las hijas de Santiago

Santiago tuvo dos hijas, cuanto sé. Pero nunca las conocí.

Muerte de mi hermano Andrés

Mi hermano Andrés murió ayer exactamente hace catorce años. Santiago estuvo en el entierro, conmovido. Lloró desconsoladamente con todos nosotros.


Nota

Este es el espacio de opinión del Portal Universitario, destinado a columnistas que voluntariamente expresan sus posturas sobre temáticas elegidas por ellos mismos. Las opiniones aquí expresadas pertenecen exclusivamente a los autores y no reflejan una opinión o posición institucional de la Universidad de Antioquia.

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