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José Jairo Alarcón Arteaga. El profesor que partió…

11/07/2018
Por: Judith Nieto López, profesora Facultad de Medicina UdeA

"...Se fue el profesor Alarcón. No hubo otra opción luego de esperar los efectos positivos de una medicina avanzada como la de hoy, pero impotente para impedir la inminente muerte que a todos nos espera..."

Luego de varios meses de padecer una enfermedad, sobrevino al profesor José Jairo Alarcón Arteaga lo inaplazablemente entristecedor: la certeza de morir; única salida para un cuerpo marchito en un alma contrita. Ahora, en medio del vacío al que tendrán que acostumbrarse sus estudiantes y amigos, queda la aspiración de que su muerte haya sido una partida serena, como la leyenda desde donde hoy se ensarta su recuerdo.

Su fallecimiento ocurrió en un momento de plena madurez, y de no haber sido por la invasión de la súbita enfermedad, el profesor Alarcón hubiese seguido disfrutando de su caminar eterno y reposado por los amplios espacios del campus de la Universidad de Antioquia; institución donde fue testigo de excepción de los más diversos hechos ocurridos allí desde fines de los años 70, cuando se vinculó al centro de estudios que convirtió en su razón de ser.

Jairo Alarcón amaba la universidad, así como adoraba a Medellín —tal vez por eso no regresó a su natal Manizales—; la ciudad que lo tenía todo, la urbe llena de las más sinuosas aristas, de los más insospechados fragmentos que la dejaban ver, a veces grande y novedosa, otras absurda y hasta pavorosa. La ciudad y su Alma Máter fueron inagotables para “el profesor de Espinoza”, quien, en la conversación, acompañada de café, solía repetir —gracias a su prodigiosa memoria— fragmentos de la Ética, obra del filósofo holandés defensor de la libertad de pensamiento.

Su vida y su ejercicio académico giraron entre la filosofía y la literatura, cuestión que le permitió elogiar sin reserva a Cervantes por la grandeza de su obra iluminada y por el humor y el contenido ético que subyace a la composición del escritor de cuyo nombre el profesor Alarcón siempre quiso recordar.  Admirador y profundo conocedor de Sófocles y Edipo rey, de Dostoievski y Crimen y castigo, de Kafka y Metamorfosis, así como de Camus y su Extranjero, de Ezra Pound y Los cantos, por nombrar solo algunos de los autores de obligada y grata referencia en sus cursos.

Conocedor, estudioso y admirador del gran poeta portugués Fernando Pessoa, roles que lo consagraron como una autoridad en cuanto a la obra de Pessoa; el maestro Alarcón incluso repetía sin cesar sus versos, en especial aquellos que dan apertura al poema Tabaquería: “No soy nada/ Nunca seré nada/ No puedo querer ser nada/ Aparte de esto, tengo en mí todos los sueños del mundo/”. Así, durante periodos de crisis de distinto orden que asaltaban a la universidad, a la ciudad o al país, y en hermandad del escepticismo, el profesor repetía una y otra vez: “No somos nada…”

Un hombre más de palabra que de escritura fue el profesor Alarcón. En estos tiempos que decretan dar o negar puntos por escribir, y quizá siempre, él se guió por el convencimiento de que la palabra vale porque recoge lo que sucede, por aquello que se dice, por lo que se siente fuera de quien la pronuncia. Así es, la palabra hace efecto y la suya, la dejada en los salones de clase, muy seguramente permanezca como legado oral en quienes acudimos a sus cursos y en quienes recordamos su discurso pedagógico cargado de saber y cercano a notas de humor tan propias de su manera de enseñar. Fue un profesor que nunca escribió para ser compensado con “puntos” —por eso declaraba: “no escribo, por pudor”—, sino un maestro de la filosofía para quien leer era su ocupación favorita. Eso fue... Ante todo fue lector, ¡y qué lector!

Se fue el profesor Alarcón. No hubo otra opción luego de esperar los efectos positivos de una medicina avanzada como la de hoy, pero impotente para impedir la inminente muerte que a todos nos espera. Es la vida que después de todo se apaga por el agobio de la enfermedad o porque a veces la vida pesa y pesa mucho; incluso para el mayor conocedor de esa música eterna que es el tango. Se quedó en silencio, pues eso es morir, quedarse en silencio; y lo hizo sin permitir que una mariposa negra distrajera su alma.

A sus 70 años, la vida del profesor y maestro José Jairo Alarcón Arteaga se apagó. El 28 de junio de 2018 partió pero dejó su legado oral y escrito sobre el material efímero de los días, tal vez evocando versos de su gran Pessoa: “Solo una cosa me apavora/ a todas las horas y ahora:/ es que veré la muerte frente a frente/ inevitablemente”.

Referencias
Pessoa, F. (1982). “El temor de la muerte” y “Tabaquería”. En El poeta es un fingidor (Antología poética). Madrid: Espasa-Calpe.


Nota

Este es el espacio de opinión del Portal Universitario, destinado a columnistas que voluntariamente expresan sus posturas sobre temáticas elegidas por ellos mismos.  Las opiniones aquí expresadas pertenecen exclusivamente a los autores y no reflejan una opinión o posición institucional de la Universidad de Antioquia. Escriba y envíenos sus columnas de opinión al correo electrónico: gloria.velez@udea.edu.co.

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