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    viernes, 4 de diciembre 2020
    04/12/2020
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    Por qué la pandemia no es una guerra

     

    ¿Por qué la pandemia de la covid-19 no es una guerra?*

    Por: Pablo J. Patiño

     

    Según el diccionario de Cambridge «guerra se refiere a un conflicto armado entre estados, gobiernos, sociedades o grupos paramilitares». Pero también se puede aplicar a «cualquier situación en la que haya una fuerte competencia entre bandos opuestos o un esfuerzo conjunto contra algo dañino». La aplicación de tal definición a la pandemia covid-19 tiene gran dificultad, pues implica atribuirle una intencionalidad al SARS-CoV-2, un ente biológico, que incluso la mayoría de los expertos no consideran un ser vivo sino una estructura macromolecular conformada por un ácido nucleico encapsulado dentro una esfera de proteínas y lípidos.

     

    La mayoría de virus, bacterias, hongos y parásitos son benéficos para ecosistemas y seres vivos. Aunque hoy se tiene mayor conocimiento acerca del papel esencial de bacterias, se calcula que hay muchos más virus, por lo que solo una ínfima parte de estos pueden producir enfermedad en los humanos. Simon Anthony y colaboradores en la Universidad de Columbia (2013), describieron que el número de virus nuevos en todas las especies de mamíferos podría ser de unos 320 000, con los murciélagos como portadores más frecuentes. Adicionalmente, los virus o secuencias similares han jugado un papel clave para la evolución de los seres vivos. Por ejemplo, en el genoma humano existen secuencias de retrovirus endógenos, los proto-oncogenes, que cumplen funciones esenciales para regular el ciclo celular.

     

    Es preciso tener claro que los ecosistemas en los que se ha desarrollado la vida son sistemas altamente complejos, cuya estabilidad y función adecuada depende de una infinidad de interacciones entre todos los organismos que coexisten desde el inicio de la vida en nuestro planeta. Así que no se puede caer en la trampa de creer que estamos en medio de un campo de batalla, en el cual por un lado están los agentes infecciosos microscópicos que deben ser derrotados, y por el otro los seres humanos que deben protegerse a toda costa.

     

    Los ecosistemas en los que se ha desarrollado la vida son sistemas altamente complejos, cuya estabilidad y función adecuada depende de una infinidad de interacciones entre todos los organismos que coexisten desde el inicio de la vida en nuestro planeta.

    El crecimiento demográfico, el cambio climático, ciudades sobrepobladas, pobreza y hacinamiento y comercio global con poca regulación alteran los ecosistemas cada vez más precarios y las condiciones de estabilidad que han construido estos sistemas complejos, así que hay mayor posibilidad de que nuevos agentes infecciosos afecten a los seres humanos. Un ejemplo claro de esto ha sido la aparición de infecciones asociadas al proceso de domesticación de los animales a lo largo de los últimos 15 000 años. Pero hoy también se supone que existe un gran riesgo de aparición de virus o bacterias con capacidad infecciosa, como consecuencia del descongelamiento del permafrost debido al calentamiento global.

    Por tanto, es imperioso evitar el concepto de guerra contra tales agentes porque una eliminación de estos finalmente terminaría por afectar el adecuado funcionamiento de todo el ecosistema, incluyendo al mismo ser humano. La lucha debería verse como el desarrollo de alternativas para prevenir o tratar las enfermedades infecciosas y no como una confrontación contra los agentes infecciosos responsables de estas. Esto se puede evidenciar en las distintas estrategias para combatir las infecciones. Cuando se han desarrollado estrategias inteligentes y basadas en conocimiento ha sido posible prevenir o incluso erradicar afecciones que producen enfermedades de gran morbimortalidad. La vacunación permitió la erradicación de la viruela y reducir infecciones como la poliomielitis, el sarampión, la rubéola, las paperas, la hepatitis, la difteria, el tétanos, la tosferina, entre otras.

     

    Por su parte, la implementación de medidas generales de potabilización del agua y disposición de excretas ha sido fundamental para el control del cólera y otras infecciones gastrointestinales. Sin embargo, cuando se han utilizado medidas no delimitadas o con grandes acciones sobre el entorno, por ejemplo, el uso de plaguicidas para controlar los vectores de infecciones transmitidas por insectos o la administración sin restricciones de antibióticos de amplio espectro, se producen efectos sobre distintos seres vivos, como el aumento de cáncer o malformaciones congénitas, o la selección de especies resistentes a la acción de los supuestos agente terapéuticos, lo cual ha conducido a un gran problema de salud para la humanidad. 

     

    *Una primera versión de este texto fue publicada en el periódico El Mundo, de Medellín, el 12 de abril de 2020.

     

     

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